Solo puedo decir que fui feliz, auténticamente feliz.O feliz a secas, porque como en el amor, no se puede transitar a medias por dicho estado.
Silvio vino a Guatemala, y sí, al Estadio del Ejército, lo que podría levantar algunas susceptibilidades para aquellos con la dermis hipersensible (y lo digo yo, tan fresco, cuando mi familia sufrió, como muchas, represión y persecución por parte de los milicos)...
A mi no me importó eso, ni el alto precio de las entradas "VIP", ni el frío bastardo, ni la amenaza de lluvia.
Yo sólo quería estar cerca de él. Vivir su música de manera inmediata.
Un proceso gripal fuerte me tenía jodido. -Voy en camilla -pensé, pero no fue para tanto.
Tuco Cárdenas y el Huevo Perea telonearon a la perfección: sustancioso y cortito.
Luego el suspense, el frío, la llovizna.
Luego Silvio, la emoción, dejar atrás mi asiento y amontonarme a escasos metros de su querida presencia.
Fui feliz, feliz como hacía mucho no lo era.
Puedo recordar, por ejemplo, cuando la cabecita del Grillo-chan emergió de las entrañas sanguinolentas de la Malu, y mi pecho se insufló de una felicidad indescriptible.
Una felicidad menos personal pero más duradera, desde el momento en que charrangueó su guitarra y se disparó "El Necio", hasta que cerró con “Casiopea”.
Cantó “Quien Fuera”, y el “Dulce Abismo”, “Playa Girón”, “La Maza”, “Ojalá”, “Pequeña Serenata Diurna”, otras que he olvidado, otras que imagino que cantó y que mi mente reemplaza por las nuevas prescindidles.
Y aunque faltaron tantas, pude llorar y berrear y gritar desafinadamente a los compases de tantas canciones que me marcaron la juventud y la vida.
Una canción un amor, tantas canciones, tantos amores perdidos, divinizados, que por un momento se acercaron para diluirse con las notas finales.
Fui feliz, recalco, estuve lo más cerca posible de lo más parecido que he tenido a un ídolo en la vida, eso, un eidolon, la figura a través de la cual el hombre primitivo se conectaba por asociación, con divinidades perdidas y lejanas.
Su música fue mi personal Rama Kushna, mi íntimo susurro de la canción de Eru transmutada para mis oídos mestizos.
Terminó el concierto, y sin embargo, me sentía tan pleno.
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